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jueves, 29 de enero de 2026

YOLANDA BEDREGAL - MAR DE LLUVIA


 ARTISTA DEL CUENTO 
YOLANDA BEDREGAL

MAR DE LLUVIA

Había una vez un sótano en mi casa. Siempre había ese sótano, pero solamente aquel día empezó a existir para mí. Esa vez yo tenía seis años y llovía mucho, tanto como sólo llueve cuando se tiene seis años.
Por las calles venía el agua. Las gentes estaban en sus casas. El aguacero no sabía que se debe caminar sobre las aceras y se venía por el ángulo de ellas, salpicando hacia arriba como si quisiera regresar al cielo.
Mi hermano estaba contentísimo, porque acababa de descubrir que no sólo llueve de los techos sino del cielo entero. Y como todos estábamos alegres salimos a echar barquitos de papel hechos con las hojas de un libro de cocina de mamá. Nos manchamos la ropa, pero sólo a mí me castigaron porque llevaba un traje nuevo. Desde entonces he odiado los vestidos nuevos.
Me encerraron en el sótano. Era un cuarto grande atestado de cosas inútiles; baúles, ropas, porcelanas, fierros. La ventana era un esqueleto de cinco varillas a la altura del piso del callejón. De modo que desde mi encierro, sólo se veía los pies de la lluvia y unos hilos de agua que resbalaban por la pared.
Yo quería la lluvia como un juguete y ella venía a buscarme hasta el sótano.
Cansada de llorar, me senté sobre un montón de ropa y me olvidé de que estaba empapada de llanto. Sucedió entonces algo maravillosamente sencillo. A una gota de llanto, caída en la punta de mi zapato de charol, le salieron alrededor unos hilos como patas de araña. Ya no necesitaba de la lluvia. Aquella gota era bastante; era un mar con sus ríos en todas las direcciones.
-De tanto achicarse mi ropa, ¿sería esta misma, cabal para mis muñecas algún día?
Y mi madre me había contestado:
-Es que tú creces, la ropa no se acorta.
El mar era muy grande. Pero no tan grande. Yo crecía. 
Ahora me achicaba para que creciera el mar. El otro, el mar de lluvia que se quedó afuera con mis hermanos, estaba resucitado en la punta de mi zapato.
En el sótano, había un baño de porcelana blanco y pequeño. Una muñeca con traje de raso rojo, ocupaba el baño como un ataúd. Afuera le colgaba un brazo de trapo herido. Se le escapaba la sangre de viruta y acababa en una mano de porcelana, limitada, como un guante. Sobresalía su peluca rubia, pegada en un solo punto a un fragmento de cráneo, que daba vuelta a la mandíbula hasta la fila de los dientes inferiores como teclas de un piano en miniatura. 
Ya en medio de la lluvia, la belleza estropeada de esa muñeca, me cedió su ataúd.

Yolanda Bedregal;
Artista de Bolivia.
Pintura del texto,
por Rahel Shakel,
La Casa Junto al Mar.

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lunes, 23 de enero de 2023

CARLOS ZUBIZARRETA - VELORIOS CON MÚSICA Y BAILE

 
ARTISTA DEL ESCRITO
CARLOS ZUBIZARRETA

VELORIOS CON MÚSICA Y BAILE

Ha corrido ya en el mundo una versión peregrina sobre los velatorios del Paraguay. Viajeros frívolos o chanceros, por no saber mirar que es un arte o burla burlando, dieron en decir que la gente del país tiene el hábito de bailar en los funerales.
El aserto es falaz, pero encierra su dosis de verdad, como todas las falsedades que alcanzan éxito. El aborigen baila en los velatorios, pero sólo cuando el muerto es un niño. Al igual que en el norte argentino los paraguayos dicen velorio y no velatorio. La corruptela debe ser antiquísima. En su libro supersticiones en el Río de la Plata, Diego Granada se refiere a ella cuando cuenta que la velación de un difunto que está de cuerpo presente, lleva el nombre de velorio entre la gente vulgar, cuyo sentido familiar, se conoce entre la gente culta.
Quiero creer que la costumbre de los velorios con baile tiene raigambre jesuítica, ya que no indígena ni española, porque no sé de ejemplos similares en otros países del continente americano, que también estuvieron sometidos al poder español, donde adquirieron algo de savia y esencia. Tampoco hay la consigna en ningún cronista del coloniaje ni existen rastros de ella entre los primitivos guaraníes o demás tribus guaranizadas.
La ocupación de la Compañía de Jesús de esas feraces regiones, al amparo que le prestara la Corona de España en tiempos del coloniaje, ha dejado surcos muy hondos en la conciencia popular paraguaya. Y es explicable que así sea, porque no se concretó sólo a la explotación del suelo, sino que se extendió también de forma natural, sabia y discrecionalmente a la explotación del indio y del alma del indio. Así se justifica que pudiera resultar tan pingüe que asustara a los propios reyes cristianísimos.
Los hermanos Robertson en su libro, Cartas del Paraguay, cuentan que las misiones jesuíticas rentaban a la Compañía, arriba de tres millones de libras esterlinas anuales. Aparte de la fe que pueda merecernos la exactitud de la cifra, por venir de cronistas que han incurrido en muchas desproporciones al pintar las cosas es indudable que la utilidad que producían, para aquel tiempo era fabulosamente crecida.
Un niño que muere es un ángel que asciende al cielo. La suposición cabe esencialmente dentro del espíritu religioso que a cristazo limpio, inculcaron aquellos santos padres en la mente del indio, dura como la madera de sus selvas, pero transparente como la linfa azul de sus arroyos. En aquellas reducciones, donde imperaba despótica la disciplina y se regimentaban hasta las horas de amor a fuerza de campanazos, cabe imaginar también que debiera disciplinarse el dolor dentro de los preceptos escolásticos y rígidos.
Reduciéndolo, eliminándolo para los progenitores en el caso de muerte de sus vástagos tiernos y aun improductivos niños, hallase de paso a esa convicción un sentido de utilidad práctica, nada desdeñable para el interés de los mentores.
¡Un ángel más para el cielo! No hay por qué llorar. 
¿Qué madre no enjuga su llanto, no esconde su pena, sabiéndole alado y dichoso? ¿Es absurdo entonces que el adobe y la paja del rancho abucheen la risa, la música, en vez de congojas?
Esa vieja costumbre paraguaya de los velorios con baile, mozas y rondas de caña, va perdiendo su añejo prestigio bienaventurado. Ya no existe en ciudades ni pueblos. Hay que buscarla ahora en el corazón de la campaña, bajo el alero arisco y tostado de sol de los ranchos campesinos.
Es condición esencial para la fiesta que el infante muerto no pase de la pubertad. Ello crea en favor de su pureza, tal como dicen los juristas: “Un praesumptio juris et de jure”. Y esta creencia, no admite prueba en contra y asegura a parientes y bailarines la certeza sobre lo fundado de su alegría.
Pasado el dolor de los primeros momentos, el dolor verdadero, la parentela se sume en los preparativos de la fiesta. Es posible que en algún rincón oscuro la madre permanezca todavía ajena a ellos, junto a los amados despojos, oyendo clavetear la caja blanca que preparan. Sale el chasque hasta el poblado más cercano en procura de la orquesta, que hará después leguas y leguas por caminos rojos a la vera de la selva verdinegra o cruzando palmares. El arpa, las guitarras y la flauta van a lomo de caballo, rompiendo en mil añicos el cristal de los arroyos. Otras veces van a pie. 
¡Oh, esos pies desnudos que huellan infatigables y ágiles la arena de todos los caminos y que recuestan y doman el abrojo de todos los pastizales!
Los ranchos que jalonan la ruta, así se enteran del suceso. Si al cobijo del naranjal dormían la siesta, el ladrido de los perros acusará el paso de los músicos. No importan las distancias. Cuando la caída de la tarde enfríe los senderos ardorosos de sol, mozos y mozas bañarán su cuerpo moreno en el cercano arroyo, con el jabón de olor de los grandes acontecimientos y emprenderán camino del velorio con los zapatos al hombro, porque la moza de los campos anda descalza, pero mujer al fin, prefiere bailar calzada.
El rancho donde el niño muerto espera en su caja encalada el regocijo campesino, antes de su ascensión al cielo, acusa con rústicas luminarias su ubicación, borrado en el borrón de tintas oscuras que destila el monte. Va llegando gente como cuentas desgranadas de un collar, los más a pie, algunos a caballo con la china a grupas, sobre ponchos y pellones. Y el baile empieza bajo la enramada, matizado por rondas de esa caña rubia que pone fuego en los músculos y en los corazones. El tereré, cebado en largas guampas con virola de plata, refresca las fatigas del camino y de la danza.
En redor del cándido y lívido angelito que duerme su sueño indiferente, las parejas bailan sobre el piso desigual polcas, chopíes, guaranias y galopas. Todas juntas bailan incansablemente, hasta que llega el nuevo día. La concurrencia tonifica la resistencia de los músicos con frecuentes libaciones y se entrega con lujuria y deleite a la más primitiva de las artes. Un curioso documento antiguo da testimonio de la atávica inclinación que siente este pueblo por la danza. 
En una carta dirigida al Consejo de Indias y fechada en Asunción del año 1556, que daba cuenta de la rebelión de Ramoncillo, el capellán Martín González, refiere lo siguiente: "Tenemos nueva que entre los indios se ha levantado uno, con un niño que dice ser Dios o hijo de Dios y que tornan con esta invención a sus cantares pasados, que son inclinados por naturaleza, por los cuales cantares tenemos noticia que en tiempos pasados, muchas veces se perdieron, porque entretanto que dura ni siembran ni paran en sus casas, sino como locos, ellos de noche y de día en otra cosa no entienden, sino en cantar y bailar, sin que quede hombre ni mujer, niño ni viejo y así pierden los tristes la vida y el ánima".
Y estos velorios de angelitos son ocasión propicia para que sus lejanos descendientes resuciten la afición y se entreguen a ella con pesada y contagiosa delectación carnal.
A la luz movediza de los candiles las parejas sudorosas giran estrechamente abrazadas. En la cocina humilde se ceba el mate amargo de la madrugada y las llamas intermitentes de la leña húmeda y escandalosa, iluminan y entenebrecen los rostros de la china que ceba y del arriero que aguarda por la bebida.
Hasta que vuelve de nuevo el sol y el campo despierta y se lava con el rocío. Acompañados de los músicos de ojos enrojecidos por el insomnio y la caña, van los despojos impúberes hasta el cementerio más cercano del lugar. Un cementerio sombroso, apacible, con canto de pájaros y alfombra de yuyos; un cementerio donde la tierra sobra y resulta agradable ser una tumba más.
Después, las fatigas del baile, hacen menos penoso el recuerdo de las primeras horas.
Ricardo Palma cuenta en sus Tradiciones Peruanas que en los antiguos dominios del inca se estila la contratación de mujeres especiales, llamadas lloronas, que con llanto y gemidos, aseguran la nota del dolor necesario. Yo he visto también en la tierra guaraní, viejas rugosas y ágiles que siguen al féretro con lamentos desgarradores y lúgubres, como melopeya intermitente que no tiene fin, no es usual pagarlas, pero la lamentación constituye también un hábito indiferente que nace sólo de un deber de cortesía.
Más en el entierro de un niño nadie gime. La muerte ha sustraído una vida al dolor de la tierra, ha elevado un alma a la bienaventuranza celestial, sin obligarla a andar el camino de prueba y padecimientos. 
Y la madre vence y aniquila su dolor egoísta, para agradecer el don divino.

Carlos Zubizarreta;
Artista del Paraguay.
Fotografía del texto,
por Dhivakaran,
La Vela del Ritual.

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lunes, 9 de enero de 2023

JULIO CORREA - EL PADRE CANTALICIO


ARTISTA DEL ESCRITO
JULIO CORREA

EL PADRE CANTALICIO

El Padre Cantalicio se escandalizó con sus nuevos feligreses. Ya le habían dicho que la parroquia que le daban estaba infestada de pecados, pero nunca supuso que llegara a tanto el número de las ovejas descarriadas. Encontró a niños ya en edad de hacer la primera comunión, que no sabían ni santiguarse y mucha gente incrédula o descuidada de sus obligaciones para con Dios y su santa Iglesia. Pero esto no era lo peor. Don Encarnación, el marido de doña Pabla, la presidenta de la Sociedad del Perpetuo Amor al Santísimo, así a la ligera y sin hacer memoria de más pobladores, le señaló como cincuenta y tantas personas que vivían maritalmente sin haberse casado por la Iglesia.
-¡Esto es el colmo!- Vociferó el Padre Cantalicio. 
Luego pensó en lo bello que sería a los ojos de Dios el ver conducir por el buen camino a los descaminados y sonrió satisfecho proponiéndose esa tarea.
A su vez se dijo: "Es mi obligación". Y pronto chisporrotearon sus ojos empañados de lágrimas de ternura. Y el Padre amaba a los pecadores y se felicitaba congratulándose de que lo fueran, pues gracias a ese mal, él podía hacer un bien y ofrecerlo a Dios como un homenaje. 
Por cierto repitió en su mente: "Un bien, un gran bien". Y transportado de alegría, se sentó y escribió una invitación a los hombres de su feligresía para que acudiesen a su casa particular a escuchar cosas de importantísimo interés. Al pie de la invitación puso una nota que decía: 
Conste que la presente se dirige solamente a los hombres.
Lo de solamente despertó interés y además daba a la invitación un carácter de importancia reservada y nadie faltó a la cita.
Todos se salieron de la casa del señor Cura, convencidos de que éste era un bendito y con ánimo de casarse en cuanto antes.
Y muchos se casaron y formaron un círculo de honestidad, inexorablemente hostil a los que apartándose de la santa Ley del Matrimonio, vivían en la iniquidad del amancebamiento, olvidando cándidamente que también ellos tuvieron encima ese pecado.
Ya nada pasaba en el pueblo sin que el señor Cura interviniera con sus sabios consejos tan salutíferos para el alma como provechosos para la santa Iglesia.
Más aún quedaban algunos reacios al bien. No se confesaban ni comulgaban ni asistían a los oficios religiosos y seguían viviendo en el escándalo del amancebamiento.
A propósito, el Padre Cantalicio, se dijo: "Hay que reducir a estos endemoniegos que avergüenzan mi feligresía". Y no se detuvo en poner en práctica su deseo. Desde el púlpito, al remate de un sermón moralísimo que condenaba severamente la abominación del fornicar, lanzó una rotunda proclama:
-En adelante y para siempre jamás, la santa Iglesia rechaza de sí totalmente a los amancebados. Las campanas no doblarán pidiendo una oración por ellos, no podrán cargar con las santas imágenes en las procesiones, también les está prohibido terminantemente ser padrinos de casamientos o de bautizos. 
Y al debido momento, fijó los días sábados para los bautizos agregando que nadie debía elegir para compadre ni padrino a persona que no estuviera en condiciones de serlo, sin afrentar a la moral religiosa y social.
El sábado siguiente, en los corredores de la vieja iglesia, infinidad de madres con sus hijos en brazos esperaban al señor Cura que los tenía que acristianar. Los hombres, apartados a un lado, hablaban de la carrera de caballo del juez con el del médico, que estaba próxima a efectuarse.
Cuando vieron venir al señor párroco, cada una se apresuró a salirle al encuentro a fin de ganar el primer turno; pero el Cura apartó a todas y llamó a una de ellas que apartada del grupo, conversaba con dos hombres.
-Dígame-Preguntó a la mujer-¿Aquel que está con su esposo es el que eligió, hijita, por compadre?
-Sí, Padre- Respondió la interpelada-. Es antiguo amigo de Fermín, le debemos mucho, gracias a él...
-¡Basta, basta! Así será, hijita, pero ningún amancebado podrá ser padrino.
Y con el rostro arrebolado de ira, agregó: 
-Y esto ya lo saben todas las que asistieron a la misa del pasado domingo. Y diga a su marido que solo se permite ser padrinos a los hombres decentes. Ya mucho más de lo que debiera he dicho y no estoy aquí para perder el tiempo ni hacer que lo pierdan esas buenas mujeres que me están esperando, para que yo les haga gente a sus hijos.
El marido y el compadre frustrado se presentaron en esto. El primero preguntó a su mujer al verla toda atribulada:
-¿Cata, dich el cur, cata, puest tan mals, José?
Toda ruborosa respondió ella:
-Es que el Padre... el Padre Cura me dijo..., me dijo que no podía bautizar al nene porque don Pedro no puede ser padrino, porque en fin, el Cura lo dijo...
-Cata dicte redeus-Vociferó Fermín fuera de sí.
-Que no es persona decente.
-¡Ca no es parson dacent a dicte!-Gritó indignado el esposo y a grandes pasos se dirigió al Cura.
-Tenga usted mucho cuidado de faltarme al respeto, que aunque indigno, soy un humilde servidor de Dios-Dijo dulcemente el Padre Cantalicio, mirando al cielo en actitud de dolorosa súplica.
-Al respet no le afalt, sañor Cure-Respondió Fermín-, pero la fiest dal botisme ya está praparat e los amigues ca ha convidat sa biens san falt por el tren da las sons... Ei gastat plat, sañor Cure... Pongue la mane sobre su cunciensie, sañor Cure.
-Ya dije que no-Replicó el Padre Cura con voz estentórea. 
El Catalán, por su parte, contestó levantando los puños:
-¡Sa no lo quier batisar, lo botiso io misme e sant sequebó! 
Y señalando a su hijo, imperativamente le dijo: 
-Yo te botís, te llames Juan, Don Pedre as me compádere y el Cure, ¡el Cure a fair aspárregos, con pardón de Deus!

Julio Correa;
Artista del Paraguay.
Fotografía del texto,
por Cottonbro,
El Cura del Pueblo.

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miércoles, 19 de octubre de 2022

JOAQUIM MACHADO DE ASSIS - MISA DE GALLO


ARTISTA DEL CUENTO
JOAQUIM MACHADO DE ASSIS

MISA DE GALLO

Nunca pude entender la conversación que sostuve con una señora, hace muchos años, tenía yo diecisiete, ella treinta. Era la noche de Navidad. Habiendo convenido con un vecino en ir los dos a la misa de gallo, preferí no dormir; acordamos que yo iría a despertarlo a medianoche.
La casa en que me hallaba hospedado era la del escribano Menezes, quien había estado casado en primeras nupcias, con una de mis primas. La segunda esposa, Concepción y su madre, me acogieron muy bien, cuando vine de Mangaratiba a Río de Janeiro, meses antes a hacer el curso de ingreso a la universidad. Vivía tranquilo en aquella casa de dos plantas de la Calle del Senado, con mis libros, pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña; el escribano, la mujer, la suegra y dos esclavas. Costumbres a la antigua. A las diez de la noche todos estaban en sus aposentos. A las diez y media la casa dormía. Yo nunca había ido al teatro y más de una vez, oyendo decir a Menezes que se iba al teatro, le pedí que me llevase con él. 
En tales ocasiones la suegra hacía una mueca y las esclavas se reían con disimulo; él no respondía, salía y sólo volvía a la mañana siguiente. Más tarde, supe que el teatro era un eufemismo en acción.
Menezes tenía amores con una señora, separada del marido y dormía fuera de casa, una vez por semana. Concepción había sufrido al principio, por la existencia de la concubina. Pero al fin se había resignado, se había acostumbrado y terminó pensando que aquello era una cosa normal.
La buena de Concepción, la llamaban la santa y hacía honor al título, ella fácilmente soportaba los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, sin muchas lágrimas ni risas. En la época a que ahora me refiero, podría juzgársela mahometana; hubiera aceptado un harén, siempre y cuando se guardaran las apariencias. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El mismo rostro era indefinido, ni bonito ni feo. Era lo que solemos llamar una persona simpática. No hablaba mal de nadie, todo lo disculpaba. No sabía odiar; hasta puede ser que no supiese amar. 
Entre tanto, aquella noche de Navidad el escribano fue al teatro. Era allá por los años 1861 o 1862. Yo debía estar ya en Mangaratiba de vacaciones, pero me quedé hasta la Navidad para conocer; La misa de gallo en la corte. La familia se recogió a la hora de costumbre; yo me instalé en la sala del frente, vestido y listo para salir. De allí pasaría al corredor de la entrada y saldría sin despertar a nadie. Había tres llaves de la puerta de la calle; una estaba en poder del escribano, yo llevaría otra, la tercera quedaría en casa.
-¿Pero, señor Nogueira, qué hará usted durante todo este rato?-Preguntó la madre de Concepción. 
-Leer, doña Ignacia.
Había llevado una novela, Los Tres Mosqueteros y la vieja traducción, creo, del Diario del Comercio. Me senté frente a la mesa que estaba en el centro de la sala y a la luz de una lámpara de Queroseno, mientras la casa dormía, monté una vez más en el caballo negro de D'Artagnan y partí en pos de aventuras. Al poco tiempo estaba completamente ebrio de Dumas. Los minutos volaban, al contrario de lo que suele pasar cuando son de espera; oí sonar las once, pero casi sin advertirlas. Mientras tanto, un pequeño rumor que provenía de adentro vino a sacarme de la lectura. Eran unos pasos en el pasillo que iban de la sala de visitas al comedor; levanté la cabeza y al momento vi una figura asomarse en la puerta, era Concepción. 
-¿Aún no se ha ido?-Preguntó.
-No, aún no; parece que no es todavía medianoche.
-¡Qué paciencia!
Concepción entró en la sala, arrastrando sus chinelas. Vestía una levantadora blanca, mal anudada en la cintura. Siendo delgada, tenía un aire de imagen romántica que no desentonaba con mi libro de aventuras. Cerré el libro; ella se sentó en la silla que estaba frente a la mía, cerca del canapé. Como yo le preguntase si la había despertado, sin querer, haciendo ruido, me respondió  con rapidez:
-No, de ningún modo, desperté porque sí.
La miré con cierta atención y dudé de lo que me decía. Sus ojos no eran los de una persona que acaba de despertar; más bien parecían los de alguien que aún no ha dormido. Esa observación, sin embargo, que para otro podría ser importante, fue desechada sin dificultad, sin pensar que tal vez fuera yo la causa de su insomnio y que hubiera mentido para no disgustarme. Ya he dicho que ella era buena, muy buena. 
-Pero ya debe ser casi la hora-Dije.
-Qué paciencia la suya, esperar despierto, mientras el vecino duerme. Y esperar solo. ¿No le dan miedo las almas del otro mundo? Hasta temí que se hubiera asustado cuando me vio.
-Cuando oí los pasos me pareció un poco extraño; pero usted apareció enseguida.
-¿Qué estaba leyendo? No me lo diga, ya me di cuenta; es la novela de los Mosqueteros.
-Exactamente, es muy linda.
-¿Le gustan las novelas?
-Mucho.
-¿Ya leyó la Moreninha?
-¿Del doctor Macedo? La tengo allá en Mancaratiba.
-A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Cuáles novelas ha leído?
Comencé a decirle algunos títulos. Concepción, me escuchaba con la cabeza reclinada en el espaldar y los ojos entrecerrados fijos en mí. De vez en cuando se humedecía la boca con la lengua. Cuando terminé de hablar, no dijo nada; así permanecimos algunos segundos. Luego la vi enderezar la cabeza, cruzar los dedos y apoyar sobre ellos el mentón, con los codos apoyados en los brazos de la silla, todo ello sin desviar de mí, los grandes ojos vivaces. 
-Tal vez la haya aburrido-Pensé.
Y en voz alta:
-Doña Concepción, creo que va siendo hora de irme, yo.
-No, no, todavía es temprano. Vi hace un momento el reloj; son las once y media, le queda tiempo. ¿Cuando usted pasa la noche despierto es capaz de no dormir al otro día?
-Ya lo he hecho varias veces.
-Yo no; si me desvelo, al otro día estoy que me caigo y tengo que dormir algo, aunque sea media hora, pero puede ser porque ya me estoy haciendo vieja.
-¿Cómo vieja, doña Concepción?
Dije esto con tanta efusión, que la hice sonreír. Por lo general, ella era de maneras lentas y de actitud tranquila; ahora sin embargo, se irguió rápidamente, cruzó la sala y dio algunos pasos, entre la ventana del frente y la puerta del gabinete del marido. Así, con el desaliño recatado de sus ropas, me causaba una impresión singular. Aunque delgada, tenía no sé qué cadencia en el andar, como si el cuerpo le pesara; esa característica nunca me pareció tan especial como aquella noche. Se detenía a veces para examinar un trecho de cortina o para corregir la posición de algún objeto en el aparador; finalmente se detuvo frente a mí, al otro lado de la mesa. Era estrecho el círculo de sus ideas; me repitió su asombro de verme esperar despierto; yo repetí lo que ya le había dicho o sea que no conocía la misa de gallo de la corte y que no quería perdérmela.
-Es igual a la del campo; todas las misas se parecen.
-Sin duda es así; pero aquí habrá de seguro más lujo y también más gente. Fíjese usted, la Semana Santa en la Corte es más bonita que la de los pueblos. Y ni qué decir de San Juan, ni de San Antonio.
Poco a poco había vuelto a sentarse; colocó los codos sobre el mármol de la mesa y apoyó el rostro entre las manos entreabiertas. Al no estar abotonadas, las mangas cayeron naturalmente y le vi la mitad de los brazos, muy blancos y menos delgados de lo que podría suponerse. Verlos no era algo nuevo para mí, pero tampoco algo habitual. En aquel momento, no obstante, la impresión que recibí fue grande. Las venas eran tan azules, que a pesar de la penumbra podía contarlas desde donde me hallaba. La presencia de Concepción, me hacía sentir más despierto que la lectura del libro. Seguí hablándole de lo que pensaba acerca de las fiestas del campo y la ciudad y de cualquier cosa que se me iba ocurriendo. Cambiaba de un tema a otro, sin saber por qué razón, haciendo variaciones o volviendo a los primeros y riendo para hacerla sonreír y poderle ver los dientes, que relucían de blancos, muy parejos. Sus ojos no eran del todo negros, pero sí obscuros; la nariz fina y larga, un poquito curva, daba a su rostro un aire de interrogación. Cuando yo alzaba la voz más de la cuenta, ella me reprendía:
-Más bajo, mamá puede despertarse.
Y no abandonaba aquella posición, que me llenaba de agrado, tan cerca estaban nuestras caras. Realmente, no era preciso hablar alto para ser escuchado; susurrábamos los dos, yo más que ella, porque era yo el que más hablaba; ella a veces se quedaba seria, muy seria, con la frente un poco fruncida. Finalmente se cansó; cambió de posición y de lugar. Rodeando la mesa, vino a sentarse a mi lado en el canapé. Me di la vuelta y pude ver de soslayo, la punta de sus chinelas; pero fue sólo durante el instante que ella gastó en sentarse; la bata era larga y las cubrió enseguida, recuerdo que eran negras. Concepción, dijo en voz muy baja:
-Mamá duerme lejos, pero tiene el sueño muy liviano; si se despierta ahora, pobre, le costará mucho volver a dormirse.
-A mí me pasa lo mismo.
-¿Qué dice?-Preguntó ella, inclinando su cuerpo para oír mejor.
Fui a sentarme en la silla que estaba al lado del canapé y repetí la frase; se rió de la coincidencia, también ella tenía el sueño liviano, éramos tres sueños livianos.  
-Hay veces que me pasa lo mismo que a mamá; despierto y me cuesta dormir otra vez, doy vueltas en la cama, me levanto, enciendo una vela, camino, vuelvo a acostarme y nada.
-Fue lo que le pasó hoy.
-No, no-Me atajó ella.
No entendí la negativa; quizá tampoco ella la entendiese. Tomó los extremos del cinto de su bata y se golpeó con ellos las rodillas, es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después, me contó una historia de sueños y me aseguró que sólo había tenido una pesadilla en toda su vida, cuando era niña. Quiso saber si yo las tenía. La conversación siguió así lentamente y largamente, sin que yo me acordase de la hora ni de la misa. Cuando yo terminaba una narración o una explicación, ella inventaba otra pregunta u otro tema y yo volvía a tomar la palabra. De vez en cuando me reprendía:
-Más bajo, más bajo.
Hubo también algunas pausas. Dos o tres veces, me pareció que la veía dormir; pero los ojos cerrados por un instante, se abrían en seguida, sin sueño ni fatiga, como si apenas los hubiese cerrado para ver mejor. En una de esas veces creo que me sorprendió absorto en su persona y recuerdo que volvió a cerrarlos, no sé si lentamente o de prisa. Hay impresiones de esa noche que se me aparecen truncadas o confusas. Me contradigo, me enredo. Una de las que aún tengo frescas es que en cierto momento ella, que era apenas simpática, se volvió linda, se volvió lindísima. Estaba de pie con los brazos cruzados; yo por respeto, quise levantarme; ella  no me lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro y me obligó a permanecer sentado.
Pensé que iba a decir algo; pero se estremeció, como si sintiese una corriente de frío, se volvió de espaldas y fue a sentarse en la silla donde me había encontrado leyendo. Desde allí dejó vagar la mirada por el espejo, que estaba encima del canapé y me habló de dos grabados que colgaban de la pared.
-Estos cuadros se están poniendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compre otros.
Chiquinho era el marido. Los cuadros reflejaban el interés primordial de su dueño. Uno representaba a Cleopatra; no recuerdo el tema del otro, pero era también un cromo con mujeres, vulgares ambos; pero en aquella época no me parecían feos.
-Son bonitos-Dije.
-Bonitos son; pero están en mal estado. Y además, francamente yo preferiría dos imágenes, dos santos. Estos están más apropiados para un cuarto de muchacho o una barbería. 
-¿Barbería? No creo que usted haya estado en ninguna.
-Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de muchachas y de noviazgos y naturalmente el dueño del local les alegra la vista con figuras bonitas. En cambio para una casa de familia no me parecen apropiadas. Por lo menos es mi opinión; pero yo pienso muchas cosas un poquito raras. Sea como sea, no me gustan esos cuadros. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, mi  madrina, muy bonita; pero es una estatua, no se puede colgar en la pared, ni yo lo desearía. Está en mi oratorio.
La idea del oratorio me trajo la de la misa, me hizo acordar que podía ser tarde y quise decirlo. Creo que llegué a abrir la boca, pero volví a cerrarla para oír lo que ella contaba, con dulzura, con gracia, con tal suavidad que llenaba mi alma de pereza y me hacía olvidar la misa y la iglesia. Hablaba de sus devociones de niñez y juventud. Luego refirió unas anécdotas de bailes, unas historias de paseos, reminiscencias de Paquetá, todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de las fatigas del trabajo hogareño, que le habían asegurado antes de casarse, que eran muchas, pero que no eran nada. No me contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años. 
Ahora ya no cambiaba de sitio, como al principio y casi no cambiaba de posición, no se le cerraban ya los ojos y se puso a mirar distraídamente las paredes.
-Necesitamos cambiar el empapelado de la sala-Dijo al cabo, como si hablase consigo misma.
Asentí, por decir algo, para salir de esa especie de sueño magnético o lo que quiera que sea que me paralizaba la lengua y los sentidos. Quería y no quería terminar la conversación; hacía esfuerzos para apartar los ojos de ella y los apartaba por un sentimiento de respeto; pero la idea de que pudiera parecer cansancio o aburrimiento, cuando no era así, me llevaba a fijar otra vez mis ojos en Concepción. El diálogo iba muriendo. En la calle el silencio era total.
Nos quedamos algún tiempo absolutamente callados. El único rumor que se oía era un roer de ratón en el gabinete, que me hizo despertar de aquella  especie de letargo; quise mencionarlo, pero no hallé modo. Concepción parecía sumida en meditaciones. Cuando súbitamente, oí un golpe en la ventana desde el lado de afuera, y una voz que gritaba: 
-¡Misa de gallo!, ¡Misa de gallo!
-Ahí está su compañero-Dijo ella, levantándose-. Qué gracioso, usted había quedado en ir a despertarlo y es él quien llega a despertarlo a usted. Salga, que ya debe ser la hora; adiós.
-¿Ya será hora?-Pregunté.
-Naturalmente.
-¡Misa de gallo!-Repitieron afuera, golpeando a la puerta.
-Vaya, vaya, no lo haga esperar, la culpa fue mía; adiós, hasta mañana.
Y con el mismo vaivén al caminar, Concepción enfiló por el pasillo, pisando con suavidad. En cuanto a mí, salí a la calle y encontré al vecino que esperaba. Nos dirigimos a la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el cura y yo; cárguese esto a la cuenta de mis diecisiete años. 
Al día siguiente en el almuerzo, hablé de la misa de gallo y de la gente que estaba en la iglesia, sin despertar la curiosidad de Concepción. Durante el día, la encontré como siempre, natural, benigna, sin nada que hiciese recordar la conversación de la víspera. Por año nuevo, viajé a Mangaratiba. Cuando regresé a Río de Janeiro en marzo, el escribano había muerto de apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero nunca la visité ni me encontré con ella. Más tarde oí que se había casado con el escribiente juramentado del marido.

Joaquim Machado de Assis;
Artista del Brasil.
Fotografía del texto,
por Cottonbro,
Los Amigos Nocturnos.

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jueves, 13 de octubre de 2022

HORACIO QUIROGA - LA TORTUGA GIGANTE

 
ARTISTA DEL CUENTO
HORACIO QUIROGA 

LA TORTUGA GIGANTE

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:
 -Usted es amigo mío y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque y él mismo se cocinaba, Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutas. Dormía bajo los árboles y, cuando hacía mal tiempo, construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque, que bramaba con el viento y la lluvia. 
Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de querosene. El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. AI ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto. 
-Ahora se dijo el hombre- voy a comer tortuga, que es una carne muy rica. Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne. 
A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no teína más que una sola camisa y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. 
La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse. El hombre la curaba, todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. 
La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo. 
Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre. 
-Voy a morir-Dijo el hombre- estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me dé agua siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed. Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces: 
-El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora. 
Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar en seguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie. 
Todas las mañanas la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró él conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra en voz alta: 
-Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí. 
Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento. 
Pero también esta vez la tortuga lo había oído y se dijo: 
-Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires. Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje. 
La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar se detenía, deshacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar donde hubiera pasto bien seco. 
Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir. 
A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. 
Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenia menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía en voz alta:
 -Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte. 
Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. 
Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada. 
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella. 
Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje. 
Pero un ratón de la ciudad, posiblemente el ratoncito Pérez, encontró a los dos viajeros moribundos. 
-¡Qué tortuga!-Dijo el ratón-. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña? 
-No-Le respondió con tristeza la tortuga-. Es un hombre. 
-¿Y dónde vas con ese hombre?-Añadió el curioso ratón. 
-Voy... voy... quería ir a Buenos Aires -Respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía 
-Pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré. 
-¡Ah, zonza, zonza!-Dijo riendo el ratoncito-. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá es Buenos Aires. 
Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha. 
Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio Llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida. 
Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija. 
Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos. 
El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de cariño en el lomo.

Horacio Quiroga;
Artista de Uruguay.
Ilustración del texto,
por Layers,
La Tortuga Buena.

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lunes, 10 de octubre de 2022

JULIO CORTÁZAR - DISCURSO DEL OSO


ARTISTA DEL CUENTO
JULIO CORTÁZAR

DISCURSO DEL OSO

Soy el oso de las cañerías de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por las cañerías. 
Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños. A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal. De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano. Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría. 
Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero. Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos. Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy, vagamente seguro de haber hecho bien.

Julio Cortázar;
Artista de Argentina.
Fotografía del texto,
por Bruno.
El Oso del Bien.

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lunes, 16 de marzo de 2020

PEDRO ALBERTO ZUBIZARRETA - ESO SÍ


ARTISTA DEL CUENTO
PEDRO ALBERTO ZUBIZARRETA

ESO SÍ

El Cholito se muere. El Cholito se va. La enfermedad lo atraviesa de lado a lado. Cinco años tiene. Cinco escasos años y la vida ya lo quiere dejar. Ahora no sufre. Ahora no. Está medio dormido, eso sí. Es por la medicación que le dan los doctores para sacarle el dolor. Junto a la cama del Cholito están los padres derramando lágrimas que se abrazan y corren juntas. El Cholito tiene la panza hinchada y le cuesta respirar. Cuando el Cholito empezó con el dolor en la pierna les dijeron que no era nada. Varios médicos lo miraron. Lo miraron un poco por encima, eso sí. Pero qué puede uno hacer, si los hospitales están sin recursos y el papá del Cholito perdió la seguridad social cuando se quedó sin trabajo. Lo llevaron a un médico privado, que sólo lo atendió cuando reunieron el dinero para pagar la consulta por adelantado. El médico privado tampoco lo examinó demasiado. Diagnosticó “dolores del crecimiento”, eso sí. Todo crecimiento va acompañado de dolor, todos menos justamente el que aludía el facultativo. El crecimiento de los huesos no duele. Pero qué puede saber un padre que apenas completó tres años de la enseñanza primaria. Qué le puede exigir a un médico que pasó por una universidad y salió de ella más miope y egoísta que cuando entró. Nada, sólo agacha la cabeza y acepta. Aunque el Cholo se haya seguido quejando, sin poder dormir a la noche, eso sí. El tiempo fue pasando y el dolor en aumento, acompañado por hinchazón en la rodilla. Artritis, les dijeron. El “güesero” del pueblo le quiso acomodar la rodilla, pero se le fracturó el fémur en el intento. Entonces llegó el momento de viajar a la gran ciudad. El Cholito en un grito con cada cimbronazo del autobús. El viaje largo. La llegada a Buenos Aires, con su multitud anónima hirviendo en la Terminal de Ómnibus. Finalmente llevaron al Cholo al Hospital grande. Los médicos estaban serios, mirando placas radiográficas de la rodilla y del tórax. Le practicaron una biopsia. Después vino un médico a hablarles de la enfermedad, que era maligna y se había desparramado por los pulmones. No respondió al tratamiento de quimioterapia y el Cholo empeoró. La pierna se hinchó como un zapallo.
Cholo, Cholito, no te morís solamente de cáncer, también te morís de analfabetismo, de miseria, de desnutrición, de marginalidad. Te morís de injusticia. Te morís de deuda externa. Te morís de anonimato. Te morís de tan pequeño. Te morís aplastado en las vías del desarrollo. Te morís de intereses ajenos. Te morís de extremo sur. Te morís, eso sí.

Pedro Alberto Zubizarreta;
Artista de Argentina.
Fotografía del texto, 
por Wen,
El Niño Pobre.

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